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domingo, 17 de septiembre de 2017

El Beso


Érase una vez una muchacha y un joven. Estaban sentados en una piedra, en una punta de tierra que se adentraba en el mar, y las olas golpeaban hasta tocar sus pies. Estaban sentados, callados, cada uno en sus pensamientos, y vieron ponerse el sol.

Él pensó que tenía muchas ganas de besarla. Su boca parecía hecha para eso. Había visto chicas más hermosas y, en realidad, estaba enamorado de otra, pero no creía poder besarla nunca, ya que era un ideal y una estrella, y “a las estrellas uno no puede desear poseerlas”. Ella pensó que querría que él la besara, porque entonces tendría una oportunidad de enojarse con él y mostrarle lo mucho que lo despreciaba. Se levantaría, levantando las faldas y ajustándolas en torno a sí; lo miraría con una mirada cargada de helada burla y se iría, derecha y sin prisas innecesarias. Pero para que no pudiera adivinar lo que pensaba, dijo en voz baja, muy lentamente:

-¿Cree usted en otra vida después de ésta?

Él pensó que sería más fácil besarla si contestaba que sí. Pero no recordaba bien cómo había respondido en otra oportunidad a la misma pregunta y tuvo miedo de contradecirse. Por eso la miró profundamente a los ojos y dijo:
-Hay momentos en que creo que sí.

Esa respuesta agradó a la chica enormemente y pensó: “De todas maneras, me gusta su pelo y también la frente. Es una lástima que la nariz sea tan fea y que no tenga una posición. Es sólo un estudiante”. Con un novio como ése no la envidiarían sus amigas.

Él pensó. “Ahora, decididamente, puedo besarla”. Pero tenía mucho miedo; no había besado antes a ninguna joven de buena familia, y se preguntaba si sería peligroso. Su padre dormía, tumbado en una hamaca, no muy lejos de allí, y era el alcalde de la ciudad.

Ella pensó: “¿Será quizá mejor que le dé un bofetón cuando me bese?”. Y pensó de nuevo: “¿Por qué no me besa, es que soy tan fea y desagradable?”.
Y se inclinó sobre el agua para mirarse reflejada, pero su retrato se rompió en las olas que salpicaban.

Pensó a continuación: “Me pregunto qué sentiré cuando me bese”. En realidad, la habían besado una sola vez, un teniente, después de un baile en el hotel de la ciudad. Pero olía muy mal, a cigarros y a ponche, y ella se había sentido un poco halagada de que la hubiera besado, ya que era un teniente, pero, por otra parte, ese beso no había sido gran cosa. Y, además, lo odiaba, porque después del beso ni le había propuesto matrimonio ni había vuelto a mirarla.

Mientras estaban allí sentados, cada uno en sus pensamientos, el sol se puso y oscureció.

Y él pensó: “Ya que está todavía sentada a mi lado y el sol se ha ido, quizá no tenga nada en contra de que la bese”.
Y lentamente le pasó un brazo sobre los hombros.

Eso ella no lo había previsto. Había creído que la besaría sin más preámbulos y que entonces ella le daría una bofetada y se iría como una princesa. Ahora no sabía qué hacer; quería enfadarse con él, pero no quería perder la oportunidad de ser besada. Por eso se quedó sentada completamente quieta.
Entonces él la besó.

Era mucho más extraño de lo que ella había pensado; sintió que se quedaba pálida y sin fuerzas, y que se había olvidado totalmente de darle un bofetón, y de que no era nada más que un estudiante.

Pero él pensó en un pasaje del libro de un médico muy religioso, llamado La especie femenina, en donde decía: “…Pero cuidado con dejar que el abrazo matrimonial se supedite al dominio de las pasiones”. Y pensó que debía ser muy difícil cuidarse si un solo beso podía ya hacer tanto.

Cuando salió la luna, estaban todavía sentados besándose.

Ella le susurró al oído:
-Te amé desde el primer momento en que te vi.
Y él respondió:
-Para mí no ha habido otra en el mundo como tú.

Hjalmar Söderberg

Ilustración Google

Si la cabeza te dice una cosa.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Sobre el arrepentimiento sincero


Un profesor solía agredir al monje Chu Lai, pues no creía en nada de lo que éste decía. Sin embargo, la mujer del profesor era seguidora de Chu Lai, y le exigió a su marido que fuese a pedirle disculpas al sabio.

Disgustado, pero sin ganas de contrariar a su mujer, el hombre se acercó hasta el templo y murmuró algunas palabras de arrepentimiento.

-Yo no te perdono – dijo Chu Lai – Vuelve a tu trabajo.

La mujer se quedó horrorizada.

-Mi marido se humilló, y usted, que se dice sabio, ¡no fue generoso!

Respondió Chu Lai:

-Dentro de mi alma no hay ningún rencor. Pero, si él no está arrepentido, es preferible que reconozca que me tiene rabia. Si yo hubiese aceptado su perdón, estaríamos creando una falsa situación de armonía, lo que aumentaría más aún la rabia de tu marido.

"El arrepentimiento cómo el perdón debe ser sincero".

Anónimo

Ilustración Mckenzie Thorpe


Si la cabeza te dice una cosa.

lunes, 22 de junio de 2015

Estar presente


- ¿Dónde debo buscar la iluminación?.
Aquí.
- ¿Y cuándo tendrá lugar?.
Está teniendo lugar ahora mismo.
- Entonces, ¿por qué no la siento?.
Porque no miras.
- ¿Y en que debo fijarme?.
En nada. Simplemente mira.
- Mirar ¿qué?.
Cualquier cosa en la que se posen tus ojos.
- ¿Y debo mirar de alguna manera especial?.
No. Bastará con que mires normalmente.
- Pero ¿es que no miro siempre normalmente?.
No.
- ¿Por qué demonios...?
Porque para mirar tienes que estar aquí, y casi siempre no lo estás.

Anónimo

Si la cabeza te dice una cosa.

sábado, 25 de abril de 2015

No te olvides de soltar el vaso


Una psicóloga en una sesión de grupo levantó un vaso de agua, y ya todo el mundo esperaba la típica pregunta:

– ¿Está medio lleno o medio vacío?

Sin embargo,preguntó:

¿Cuánto pesa este vaso?
Las respuestas variaron entre 200 y 250 gramos.

A lo que la psicóloga dijo:
“El peso absoluto no es importante, depende de cuánto tiempo sostengo el vaso.
Si lo sostengo 1 minuto, no es problema, si lo sostengo 1 hora, me dolerá el brazo.
Si lo sostengo 1 día, mi brazo se entumecerá y paralizará. El peso del vaso no cambia, pero cuanto más tiempo lo sujeto, más pesado y más difícil de soportar se vuelve.”

Y continuó:

“Las preocupaciones son como el vaso de agua. Si piensas en ellas un rato, no pasa nada. Si piensas un poco más, empiezan a doler y si piensas en ellas todo el día, acabas sintiéndote paralizada, incapaz de hacer nada.”

¡No te olvides de soltar el vaso!

Anónimo

Ilustrado Doug Boehm

Si la cabeza te dice una cosa.

lunes, 9 de marzo de 2015

Abre tu corazón a los colores y disfruta de una vida con color


En una ciudad azul, donde todo era azul, debajo de un árbol azul, descansaba sobre el césped azul, un hombre azul todo vestido de azul.

El hombre azul se desperezó y abrió sus ojos azules al cielo azul. De pronto, vio recostado a su lado a un hombre verde, vestido de verde.

El hombre azul, entre sorprendido y asombrado le preguntó:
¿Y usted qué hace aquí?
¿Yo? – contestó el hombre verde- Me escapé de otro cuento porque ahí me aburría.


“Sal del aburrimiento y del dolor. Cambia tu color. No te vistas más de negro, los colores oscuros bajan tu ánimo y perpetúan la desesperanza. Abre tu corazón y disfruta del color que te ofrece la vida”.

Anónimo

Ilustración Chistian_Schole


Si la cabeza te dice una cosa.

lunes, 15 de diciembre de 2014

La niña de los fósforos


Puede que te ofenda que mi nivel de inteligencia todavía no haya llegado a estar tan desarrollado como el tuyo. Puede que te duela ver que las heridas que un día se abrieron sigan sin cerrarse. Puede que mi discurso que languidece en lugar de hacerse fuerte, comience a provocar cierta desconexión por tu parte.

Puede que mi intermitencia, apague la llama. Puede que el miedo, frene una iniciativa. Puede que lo que nunca fue, nunca encontrara una salida.

Así que, ¿para que seguir intentando algo que nunca vio una luz? ¿Para que invertir tiempo y esfuerzo en algo que jamás llegó a estar vivo? Si tú vuelves la cara cuando yo te llamo y yo giro la mía cuando eres tú quien me reclama. ¿Qué sinsentido puede querer que continúe una relación así? ¿Qué necesidad cubrimos cuando lo único que buscamos es hacernos daño?

Abrir puertas y nunca cerrarlas puede hacer que entre frío en tu casa. Vivir en un hogar sin fachada, puede dejarte a merced de las avenencias del tiempo y el clima. ¿Y si comenzamos a marcar límites en la Tierra? ¿Y si aprendemos a apoderarnos de lo que realmente es nuestro? ¿Y si supiéramos distinguir entre lo que es tuyo, lo que es mío y lo que no pertenece a ninguno de los dos?

Mendigo deliberadamente mientras consumo mis contados palitos de fósforo. Más sé internamente de ese lugar de ABUNDANCIA que me espera a pocos pasos de esta fría y expuesta esquina en la que me encuentro. Así que, mientras la llama de la última de mis cerillas se consume, confío en llevarme a mí misma allí donde sí se me espera, allí donde sí se me acepta, allí donde las puertas se cierran y donde el frío no entra.

* Ilustración de uno de mis cuentos preferidos de Andersen cuando era niña- “La fosforera”- y del que, sin duda, me acordé mientras escribía este texto. Rebuscando en internet, lo encontré aquí: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/euro/andersen/la_nina_de_los_fosforos.htm


Texto   Tierra en mis pies


Si la cabeza te dice una cosa.
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